Ese briefing fue una bendición. Un producto nuevo, un objetivo distinto, una petición que unía marketing y comercial bajo una misma idea, y una premisa que nos conquistó: “no hagamos nada que ya se haya hecho”.

San Miguel Blu, una cerveza con ron, una botella de diseño única y un gran reto por delante. Empezamos con una idea disruptiva, nueva y cautivadora: “¿y si en vez de una campaña al uso, tratamos de reproducir cómo una tendencia se desarrolla…y lo hacemos a través de nuestro producto?” Dicho, y todo por hacer.

Creamos un espacio físico, el Blueroom, situado en la calle Ballesta del mítico barrio de Malasaña de Madrid. Y reunimos alrededor de él a un equipo que lideraba un espacio multidisciplinar, donde buscábamos proyectos en los que invertir y ayudar a que se hicieran realidad.

Proyectos de todo tipo, como un fashion film del gran diseñador Ravaneda, la primera obra de teatro de Los Javis, un desfile en EGO con dos prometedores diseñadores, Herida de Gato…y así hasta 6 proyectos de vanguardia.

Además, lanzamos una estrategia de ambassadors en Madrid y Barcelona, una revista propia, eventos en el propio espacio y muchas colaboraciones especiales. 

Un lanzamiento diferente que no dejó a nadie indiferente.